Raqaypampa y Charazani, dos caras de la autonomía indígena

Blancos e impolutos sombreros de lana, coloridos pantalones y chalecos con figuras de elementos de la naturaleza, y elaboradas prendas femeninas caracterizan visualmente y en toda circunstancia a los más de 7.300 raqaypampeños (Censo del 2012), quienes habitan un territorio de 556 kilómetros cuadrados, que en la práctica es casi una reserva, algo hermética, además.

Conservar su vestimenta, idioma y tradiciones ha sido un motivo para estos indígenas sean discriminados en Mizque, la provincia a la que pertenecen y que tiene una población mayormente mestiza. “Había mucha humillación y discriminación de parte de los que viven en Mizque. No nos valoraban, nos criticaban”, señala Gualberto Albarracín, ejecutivo de la Central Regional Sindical Única de Campesinos Indígenas de Raqaypampa (Crsucir), organización que ha sido puntal del proceso de autodeterminación.

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Ante la discriminación sufrida por su condición de indígenas y su cultura, los pobladores de Raqaypampa se replegaron sobre esto mismo para lograr su autodeterminación, la que ya han conquistado y se aprestan a ejecutar desde 2018, tras un larga marcha iniciada en los 80 y con el desafío inicial de tener agua para la comunidad. El poblado quechua ubicado en las alturas de Mizque, a 220 kilómetros al sur de la ciudad de Cochabamba, representa, tras la conformación de una organización campesina propia, la elaboración y aprobación por voto de sus estatutos autonómicos y hasta la elección de sus propias autoridades, una de las tres experiencias más avanzadas de Autonomía Indígena Originaria Campesina (AIOC) del país (las otras dos son las de Charagua en tierras bajas y las de los Uruchipayas en tierras altas).

Más lejos va quien fue parte del Consejo Autonómico de la localidad y actualmente es vicepresidente de la Coordinadora Nacional de Autonomías Indígena Originario Campesinas (Conaioc), Clemente Salazar. “Nos discriminaban por nuestros trajes y nuestra forma de vivir. ‘Estos de las alturas qué saben’, decían. Sentíamos que nuestras autoridades eran apenas mensajeros de la Alcaldía de Mizque”.

El contexto de lo anterior lo aporta el director de Organización Territorial del Viceministerio de Autonomías y exviceministro del sector, Gonzalo Vargas. “Este es un pueblo indígena con una alta etnicidad. Desde los años 80, fueron los primeros en autorreconocerse como indígenas en Cochabamba, cuando en ese tiempo nadie quería aceptar el apelativo de indio por la discriminación. Tienen una etnicidad fortalecida y un carácter organizado muy sólido. Ya desde esa época fueron construyendo su autonomía, en principio denominada por ellos autogestión comunitaria, y con mecanismos para ser autosostenibles”.

PUEBLO GUERRERO

Son, pues, los raqaypampeños descendientes de una tan antigua como guerrera cultura de resistencia. Lo reivindican en el preámbulo de su Estatuto Autonómico: “Estas tierras han sido desde siempre lugar de refugio, reencuentro y resistencia de gentes de los Andes. Nuestros ancestros son los antiguos chuwis que habitaban la región mucho antes que llegaran los incas desde Cuzco y los españoles del otro lado del mundo. Para no desaparecer, los abuelos y abuelas se replegaron a las alturas”. En su reciente libro “Territorialidad y autogobierno”, Vargas señala que, durante los siglos XVI y XVII, el control del territorio en Mizque estuvo marcado por la multietnicidad, y que los chuwis, trasladados del valle de Cochabamba para defender las fronteras del incario, se hicieron de grandes extensiones. “Además de ser un grupo guerrero, para mantener su presencia en el área, los chuwis generaron estrategias de complementariedad con otros grupos”.

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Con la colonia vino la enajenación de tierras indígenas, a quienes se les hizo pagar tributos, y la conformación de las haciendas, con la consiguiente explotación de los nativos. Este modelo se vino abajo en la república, por deudas de los hacendados ante el quiebre del circuito de una economía en la que Mizque aprovisionaba a las minas de productos agrícolas. “Se puede afirmar que (…), en particular los chuwis, a pesar de los cambios estructurales operados por el Estado en sus diferentes momentos (…), nunca llegaron a ser invisibilizados totalmente, y su presencia, aunque desconocida para muchos, siempre estuvo ligada a una lucha incesante por el control del territorio”.

Tal lucha, que era colectiva, derivó en la Revolución del 52. Mediante la Reforma Agraria, esta inauguró un nuevo periodo organizativo, el de los sindicatos campesinos, que en Raqaypampa pasaron a depender de su matriz mizqueña. Durante los 80, con el apoyo de la ONG Centro de Comunicación y Desarrollo Andino (CENDA), los raqaypampeños impulsaron un proceso de autogestión comunitaria, según sostiene Vargas, “basada, como en el común de los pueblos andinos, en las lógicas comunitarias de la reciprocidad y redistribución”. En este sentido, se creó un conjunto de instituciones propias para la gestión territorial y, sobre la base de una estrategia educativa, se reaglutinaron comunidades dispersas.

Estas acciones fueron fundamentales para el primer gran hito de la autodeterminación, la constitución de la Crsucir en 1997, el pilar de la independencia sindical y la autonomía. Albarracín, el actual dirigente de la organización, recuerda: “Fue difícil. Mizque no quería que nos apartemos orgánicamente. Había muchas dificultades porque antes no llegaban los recursos de [la Ley de] Participación Popular. Cuando se hacían proyectos, se decidía dónde desde Mizque. Por eso hemos luchado y debatido en los congresos, y hemos llegado a crear nuestra Central Regional, que agrupa ahora a 43 comunidades campesinas. Fue el 97, en un Congreso Departamental. Antes dependíamos directamente, como centrales y subcentrales, de Mizque”. Esta separación no fue, como ninguna lo es, sencilla. En esa época, como ahora, la Central Provincial de Mizque estaba controlada por partidos políticos, en este caso los llamados neoliberales (el MBL en alianza con el MNR), que se oponían a la iniciativa de Raqaypampa. Salazar recuerda la época: “A nivel de subcentrales, nos trataban de dividir a través de proyectos y metiendo plata, pero nos hemos unido en nuestra organización”.

Nuevos hechos importantes para la autonomía vinieron de inmediato. Ese mismo año, precisa Vargas, se creó el Centro de Formación Originaria de las Alturas (CEFOA), una entidad de capacitación de maestros y técnicos en gestión territorial indígena; y el Consejo Regional de Educación de las Alturas (CREA), instancia de participación en educación, de acuerdo a las normas de Reforma Educativa y Participación Popular. La independencia sindical, a la que se sumó la necesidad de contar con recursos propios, base de la autonomía, generó el reconocimiento municipal como Distrito Mayor Indígena (1996), para después procederse a la fundación de la Subalcaldía del Distrito Indígena (1997). “Hemos pensado en constituirnos en un distrito indígena. Nos han aceptado, nos han declarado así a través de una ley municipal, luego se ha constituido una Subalcaldía. Pero sabemos que a los subalcaldes los nombra el Alcalde. En nuestro caso, nosotros ya estábamos despiertos. Entonces, le hemos dicho al Alcalde que nosotros íbamos a elegir a nuestro Subalcalde y que él tenía que respetar eso. Ha aceptado. Es más, hemos dicho que nuestro Subalcalde no podía ser un mensajero del Alcalde. Este tenía que trabajar, ejecutar obras. Se ha planteado por eso tener una Subalcaldía descentralizada. Lo hemos conseguido y hasta ahora tenemos equipos como maquinaria pesada y volquetas que algunos municipios pequeños ni siquiera tienen”, grafica Salazar.

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Y se avanzó más. Puesto que “un Subalcalde no firma cheques y por ello sigue siendo mensajero del Alcalde”, en 2005 se planteó la necesidad de fundar un municipio indígena. Para ello, desde inicios de este siglo ya se había comenzado el trámite para el reconocimiento de Raqaypampa como Tierra Comunitaria de Origen (TCO), a la cabeza de un Comité Impulsor y del CEFOA, lo que no prosperó porque las leyes todavía no establecían esa posibilidad. La discusión de la nueva Constitución Política del Estado se inició en 2006, y hasta Sucre llegaron los dirigentes de Raqaypampa para proponer la inclusión de su propuesta de autonomía indígena. De ese modo, la Carta Magna del 2009 garantiza a las NPIOC “su libre determinación en el marco de la unidad del Estado, que consiste en su derecho a la autonomía, al autogobierno, a su cultura, al reconocimiento de sus instituciones y a la consolidación de sus entidades territoriales”.

Con este insuperable marco legal, ya en agosto del 2009 los comunarios presentaron su primera versión de Estatuto Autonómico. Más de siete años tendrían que pasar para que, el 20 de noviembre del 2016, el 91.78 por ciento de los raqaypampeños sufragantes (la más alta votación de la historia del país), dieran el Sí a la tercera y final versión del documento. En medio de ello, el largo camino incluyó cientos de asambleas, talleres y reuniones; la conformación del Consejo Autonómico, el trámite del Certificado de Ancestralidad otorgado por el Ministerio de Autonomías (2012), idas y venidas de controles de constitucionalidad del Tribunal Plurinacional respectivo, y acciones del Tribunal Supremo Electoral (TSE) para certificar y aprobar el proceso, con la particularidad del riguroso respeto de los usos y costumbres del pueblo.

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Así, el 14 de junio de este año la democracia formal fue vivamente intercultural en una escena extraña para los citadinos: una interminable fila de 1.470 raqaypampeños se puso detrás de un solo hombre. Su nombre era Florencio Alarcón y no pudo contener ese día un emocionado llanto. Acababa de ser electo, de ese modo y no vía papeletas, para el cargo de máxima autoridad administrativa, una de las tres instancias del Gobierno de la NPIOC (las otras dos, superiores en grado, son la Asamblea General de Comunidades y el Consejo de Gestión Territorial).

Hallamos a Alarcón una mañana de mediados de agosto, ya no con lágrimas pero sí con el mismo entusiasmo, participando en un taller con sus paisanos, organizado por la cooperación internacional, del Plan de Gestión Territorial Comunitaria (PGTC), que será el que a partir de enero del 2018, cuando asimismo asuma en la práctica sus funciones, regirá los destinos de su comunidad. Este agricultor de 59 años fue el primer dirigente de la organización campesina en 1997. Razones de orden económico le obligaron a migrar hace una década al Trópico cochabambino, donde se gana la vida cultivando plátano. Fueron los ancianos de Raqaypampa quienes le “obligaron” a volver para asumir las riendas del proceso, más no al estilo de por ejemplo un Alcalde o Gobernador. Es una de las primeras cosas que aclara: “Yo siempre soy orgánico y no voy a dejar de serlo. Ser Autoridad Administrativa para mí significa ser un empleado más de mi comunidad, de mi organización. Soy un funcionario público más de la autonomía y de la Central Regional”.

Lo otro que aclara de igual modo al inicio son los límites de lo logrado. “Nuestra autonomía no significa que nosotros vamos a ser una republiqueta. Nos agarraremos siempre del Estado central y esperaremos también lo inverso”. Y lo hace también en relación a su provincia: “Somos mizqueños. Solamente nos estamos separando en la parte administrativa. Vamos a seguir siendo mizqueños y a continuar trabajando, además con más fuerza y en unidad”. La reafirmación de pertenencia no es gratuita. El emprendimiento raqaypampeño se enfrentó a la incomprensión de provincianos que no estaban al tanto de las actuaciones de los indígenas en el marco de las normativas ni de la justa asignación presupuestaria por población para su región.

OPINIÓN intentó conocer en tres oportunidades la perspectiva del actual alcalde de Mizque, Melecio García, pero el edil no quiso emitir criterio. Fuera de sus probables ocupaciones para postergar entrevistas, suponemos una razón de fondo: García es raqaypampeño y, por ello, ha tenido que lidiar precisamente con susceptibilidades. Comprendiendo esto, sus paisanos tuvieron el tino de demorar la aplicación del PGTC para el año. Lo contrario hubiera significado rehacer el Plan Operativo Anual (POA) del municipio, causando perjuicios a todos.

Por otro lado, apunta Alarcón, había, aun en agosto de este año, que trabajar en las alternativas para adecuar los usos y costumbres de Raqaypampa a las normas administrativas nacionales, y ver qué cambios sugerir a la Asamblea Legislativa Plurinacional. Y es que algunas leyes del país fomentan prácticas culturales y productivas arraigadas del poblado, como la umaraqa (asistencia comunal y colaborativa del trabajo que, como señala Albarracín, permite en paralelo la reflexión conjunta sobre diversos aspectos durante la faena), pero otras administrativas, como la Ley SAFCO, no están acordes a medidas de índole colectivista en materia económica.

CONSEGUIR AGUA

Por el momento, el desafío es acomodarse. Hay urgencias ineludibles. La principal de ellas para la zona que produce papa, maíz y trigo, no tanto para la venta como para el autoabastecimiento, es acceder a recursos hídricos. “El reto más grande para las alturas es ver cómo podemos tener agua. Raqaypampa es una zona seca, cabecera de valles, y por lo tanto no hay agua. Nos urge priorizar este tema. Lo segundo es mejorar la producción. Hoy, por el mal uso de químicos, están desapareciendo, poco a poco, por ejemplo, las semillas nativas de papa. Tenemos que mejorar, buscar estrategias para fortalecer nuestras semillas nativas y producir ecológicamente. Esto es el bastión económico de nuestra población, de eso vivimos. Los costos bajos de nuestra producción no son tanto un problema porque nosotros producimos más para nuestro consumo, no tanto para vender en cantidades mayores”.

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Y en este punto regresamos al inicio del enfoque de este reportaje: la cultura raqaypampeña expresada en absolutamente todo el quehacer de esta comunidad para su sobrevivencia y trascendencia. Ya lo decía el vicepresidente de Conaioc, Clemente Salazar, al describir a su pueblo: “Tenemos una identidad particular fuerte. Tenemos incluso en la religión nuestra convivencia con la naturaleza. No estamos comprometidos ni con la Iglesia católica ni con otras. Nosotros dependemos de la tierra y el aire, por tanto tenemos muchas creencias cósmico-telúricas. Aunque no se puede imponer nada a nadie. Cada uno toma su decisión. En nuestra vestimenta vemos figuras que representan a la naturaleza. Eso es una identidad. La elaboramos en el campo, no se la puede comprar en una tienda”.

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