Madres solteras: entre el perjuicio y la discriminación

Marisela en la ciudad de La Paz, Isel en Irupana, María en Ancoraimes son algunas de las cientas de madres solteras en Bolivia deben batallar día a día para superar o, muchas veces, ceder ante los prejuicios de criar solas a sus hijos. Las unidades educativas, los establecimientos de salud, la familia y el trabajo son algunos de los espacios que las cuestionan.

Esa tarde de enero de 2016, Marisela Vallejos entregó el formulario para inscribir a su hijo en el mismo colegio de siempre. La encargada, tras revisar el documento, le dijo que faltaba la información del padre. Marisela, incómoda, pensó por qué no inventó datos como en anteriores años; finalmente le explicó que era madre soltera. Pero a su interlocutora le llamó la atención que el niño llevaba el apellido del padre. "Es apellido convencional para que en su certificado de nacimiento el niño tenga dos apellidos", contestó la madre.

Años antes, al inicio de la celebración del Día del padre, la profesora de kínder preguntó a Gadiel: "¿dónde está tu papá?". Él pequeño señaló a su abuelo, pero la profesora le aseguró que él no era su papá, sino su abuelo. El niño sorprendido, le repitió: "es mi papá" —así lo llamó desde que comenzó a hablar—. La profesora concluyó "No, es tu abuelo".

La primera escena fue uno más de los incómodos momentos que vivió Marisela (nombre cambiado) desde que nació su hijo hace 11 años; la segunda, Gadiel lo experimentó a sus cinco años y fue la primera vez que se enfrentó al hecho de no contar con padre.

Ser mujer en la sociedad boliviana, que lleva en sus espaldas altos índices de violencia de género, es una lucha diaria a superar. Ser madre soltera en ese mismo contexto se convierte en doble peso, no solo por cargar con toda la responsabilidad de criar uno o más hijos sino también porque se enfrenta a barreras que le impiden ejercer su maternidad libremente, sin miedos y prejuicios. Esa situación trasciende a los hijos que crecen estigmatizados por no tener padre.

Si bien, no se cuenta con datos exactos de cuántas madres solteras existen en Bolivia, se conoce que de 2.282.006 madres bolivianas, el 34% son jefas del hogar, es decir tres de cada diez madres se encargan de mantener a sus familias, de acuerdo con los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). El censo de 2012 registró 789.225 madres encargadas de la manutención de su hogar con un incremento del 6% a diferencia del censo anterior de 2001.

Marisela –40 años, morena, ojos grandes detrás de unos pequeños lentes, cabello suelto levemente ondulado— aprovecha en beber el café irlandés, en un restaurante céntrico de la ciudad de La Paz, a modo de darse pausa en relatarme sus ya 11 años de ser madre soltera.

Comunicadora social de profesión, se embarazó a sus 28 años de un hombre con el que salía pocos meses. Debido a que su pareja se alejó poco a poco durante el embarazo y la presionaba para que dejase de trabajar y dedicarse íntegramente a su nueva familia, decidió asumir sola la maternidad. No escuchó las advertencias de su amiga Mónica que era madre soltera y que sufría el prejuicio de su entorno. "’Vas a vivir lo que yo. No, no te voy a dejar que vivas lo que yo’, me decía", relata Marisela, quien no siguió aquellos consejos y continúo con el embarazo.

Una vez que nació Gadiel —que le debe el nombre un chico guapo que le gustaba a Marisela de joven, aunque ella le dijo que es por el ángel— lo registró con apellido convencional, tal como establece el artículo 59 de la Constitución Política del Estado. (CPE) que obtuvo con un corto juicio, pues el padre no asumió la responsabilidad hasta el día de hoy. De ese modo el niño lleva el apellido de un tío y el de su mamá. Desde aquella vez, Marisela, al igual que otras madres solas, atravesó más de un momento incómodo por su situación.

Sus cuidados durante la gestación los hizo en el Hospital Materno Infantil, gracias a que pagaba de manera voluntaria el seguro pues su trabajo no le brindaba uno. En cada chequeo, las enfermeras y doctora le preguntaban por el padre. "¿Por qué viene sola?", "¿dónde está el papá?", "el papá debería hacerse responsable", eran algunos de las cuestionantes que escuchaba.

Lo mismo le sucedió en el colegio. Hasta hace unos años, los colegios religiosos no inscribían a alumnos de madres solteras o de padres no casados por su iglesia; u otros, para aceptar, pedían muchas explicaciones.

En el 2013, Marisela se sentó una hora frente el director general del colegio Don Bosco para convencerlo que lo inscriban en el colegio.

-Yo soy madre soltera", le dijo Marisela al sacerdote a cargo.

-Ese tipo de familias no se aceptan en el colegio. Tiene que ser casada", le dijo el padre.

-No podía casarme con el padre de mi hijo, porque él no quería a mi hijo, le contestó y el director aceptó la inscripción.

Marisela sabe que todas las situaciones por las que atravesó no son regulares pero prefiere dar no hacer problemas y ceder a ciertas situaciones si ello garantiza que su Gadiel tenga mejores presente y futuro. La delegada adjunta para la defensa y cumplimiento de los derechos humanos de la Defensoría del Pueblo, Nadia Cruz, explica que esta entidad no recibió denuncias de madres solteras sobre sus vulneraciones, principalmente porque se ha naturalizado que éstas carguen con los prejuicios y limitaciones de sus derechos.

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La situación de Marisela es vivida por mujeres de diversos lugares del país, es el caso de Isel Chavarría (nombre cambiado) en el municipio rural de Irupana. Isel llega montada en su motocicleta roja a la cancha de Tablería, comunidad a una hora de Irupana, donde sino se tiene transporte propio se debe contratar un taxi a altos costos. Carga a su hijo menor Ezequiel delante de ella. Vuelve de su chaco, tras dejar la comida a los jornaleros que cosechan coca para ella.

Tiene 25 años, aunque aparenta de más edad. Cursó la escuela hasta el primero de secundaria y es madre de dos hijos: de ocho y tres años de edad. La conocí gracias al programa radial "Madrugando con el Cambita", transmitido por la radio de Chulumani, Jallalla Coca, dirigido por Roger Guerra, un joven comunicador que acompaña desde las cuatro de mañana a los comunarios de la provincia Sud Yungas mientras preparan comida antes de ir a sus chacras. Hace unos meses, Isel escuchó al "Cambita" sobre la violencia a la mujer y la necesidad de salir de la misma para vivir tranquilas.

Esas palabras calaron tanto en ella que se dio cuenta de su equivocación. El día anterior, estaba a punto de tomar tamarón, veneno para plagas que atacan a la coca. La deuda en el banco, el peso de ser madre sola y estar separada de su esposo quien la maltrataba, le llevaron a que la idea de terminar con su vida sea un opción pero primó más el cariño a sus hijos. Asegura, ya en el patio de su casa, que después de los consejos del radialista esa posibilidad se borró completamente.

"Quiero comida, comida, dame comida, mami", interrumpe desde adentro la voz chillona de Ezequiel que se aburrió de jugar "Plantas versus Zombies" el celular de su mamá.

Los niveles de violencia en las comunidades de Irupana empujan a las mujeres madres o a dejar a sus parejas o a envenenarse, comenta la secretaria de género de la Federación Regional de Mujeres Campesinas de Irupana, Erika Tarifa. Asegura que toman esa decisión como última salida a su situación porque denunciar no significa frenar la misma. "Cuando recibía maltrato nadie me defendía", asegura Tarifa.

Coincide con esa idea Isel quien desde las primeras semanas de haberse casado con el padre de su segundo hijo éste la pegaba seguido. Lo denunció cuatro veces sin obtener muchas garantías hasta que desde la última denuncia decidió separarse y pidió restricción. El padre no se hace responsable de Ezequiel pues pese a que existe una demanda de manutención en el Servicio Legal Integral Municipales (Slim) de Irupana, hasta el día de hoy no le dio ni un peso.

Entre tanto Isel trabaja día y noche en el chaco para pagar la deuda del banco y para mantener a sus dos hijos.

En las comunidades, como en el resto del país, la violencia a la mujer está naturalizada por lo que no se denuncia, y esto se suma que sienten que la asistencia que brindan en el Slim es muy precaria. El alcalde de Irupana, Clemente Mamani, reconoce las limitaciones de este servicio señala que el presupuesto con el que cuenta no le permite hacer seguimiento de las denuncias de violencia ni de las demandas de manutención.

Pero además de que se naturalice la violencia, también se lo hace con el embarazo juvenil. Isel quedó embarazada a sus 16 años tras ser violada por un hombre de unos 40 años. "Nos pildoreó a mí y mi hermana. Me sorprendió porque amanecimos en un alojamiento", recuerda con la vista fija a la serranía del frente. No denunció pues no sabía qué hacer; sus papás trabajaban en Argentina. Se dio cuenta de su embarazo meses después cuando ella migró a Brasil y se empleaba en un taller de costura. Por su estado volvió a Tablería donde dio a luz a Isac, su primer hijo, con la asistencia de su mamá.

Mamani señala que uno de los motivos por los que no se denuncia la violación es porque las familias temen las críticas de sus vecinos. Por ello, el hombre que la violó no solo no fue castigado sino que reconoció al niño con su apellido. Sin embargo, nunca se hizo cargo de él. Entre tanto Isel es padre uy madre de sus dos hijos.

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Un cuarto oscuro de tres por cuatro metros, papeles apilados y desordenados en el escritorio es el escenario donde María (nombre cambiado) escucha a Ismael Mamani, oficial de registro civil del municipio de Anconraimes. Ella habla muy poco y en aymara. El que más contacto tiene con la autoridad es su padre. María —28 años, morena, mejillas coloradas— sostiene en brazos a su bebé recién nacido. Ella y su papá están acompañados de dos amigos de su padre, quienes fungirán con testigos en la inscripción de su hijo, que a sus dos semanas aún no tiene nombre.

- ¿Cuál es el nombre del supuesto padre?, dice el notario.

- Jhonny Quispe Mamani, dice con volumen bajo María.

- ¿Cuándo es su fecha de nacimiento? ¿Cuántos años tiene?

- El ocho de agosto. 28 años

El notario busca en el sistema y después de muchas variaciones de los datos, le informa que no hay ninguna persona que coincida con esos datos.

- No hay ese nombre. ¿Estás segura que se llama así?

- Sí.

- No, no hay.

Pese a las búsquedas del "señor registro", como le llaman acá, no encuentra a la persona señalada. Entonces le explica que sin esa verificación no podrá notificar al padre del niño. Ese es el protocolo para el reconocimiento de un hijo sin la presencia del hombre.

Después de mucho hablar, le pide que se tome unos días para acordarse del nombre, pues sino le pondrá poner el apellido que ella brindó pero de "modo convencional" es decir, solo para que el niño, que duerme envuelto en un aguayo, tenga dos apellidos, pero que no podrá reclamar la paternidad a la persona señalada, pues en el certificado dirá "apellido convencional", el mismo que lleva Gadiel. También le da la opción de registra a la criatura solo con un apellido.

El padre se enoja y, en aymara, reclama a su hija el haberse embarazado, la amenaza con pegarla, el notario lo tranquiliza. El padre le comenta que antes ella dijo otro nombre pero que luego se retractó. María solo lo mira. A la salida del registro civil, el padre se monta en la bicicleta y parte, María va detrás cargada de su hijo en la espalda. Mientras se alejan del registro, el notario comenta que la vio más asustada que la semana anterior cuando fue averiguar sobre la inscripción. "Capaz haya sido violación, eso es muy común acá", concluye.

En Ancoraimes, en lo que va del año de los 36 niños registrados, al menos siete solo fueron con sus madres quienes tuvieron que hacer el trámite de reconocimiento. Para ese proceso, pese a que el certificado de nacimiento es gratuito, las madres deben 22 bolivianos por el acta de reconocimiento, norma establecida por el Servicio de registro civil (Sereci) para todo el país.

Al respecto, la delegada adjunta de la Defensoría del Pueblo, Nadia Cruz, explicó que nadie debiera pagar por el certificado y que hará seguimiento a esta situación.

Cruz dijo que esta entidad no recibió denuncias de madres solteras sobre sus vulneraciones, principalmente porque se ha naturalizado que éstas carguen con los prejuicios y limitaciones de sus derechos.

Por esta situación, las mismas mujeres o no denuncian o aceptan, muchas veces, calladas los requisitos establecidos en la sociedad. De esa forma, Marisela en la ciudad de La Paz, Isel en Irupana, María en Ancoraimes son algunas de las cientas de madres solteras en Bolivia deben batallar día a día para superar o, muchas veces, ceder ante los prejuicios de criar solas a sus hijos.

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