La educación especial en el abandono

Una casucha de techo de calamina para estudiantes ciegos, espacios estrechos y sin iluminación para sordos, aulas compartidas por dos o tres maestros, son hechos que describen la pobreza en la que se mantiene la educación especial en La Paz, la ciudad sede de gobierno de Bolivia.

Con una única escuela pública para ciegos en el municipio, su ubicación puede ser determinante para decidir si continuar o suspender los estudios. A Rosa le pasa algo así, ella tiene 24 años y este 2017 cursa la primaria en una escuela nocturna para adultos. Sus tareas y ejercicios los escribe en Braille, pero debe ir con regularidad a APRECIA por las mañanas para reforzar su educación y que traduzcan sus prácticas a escritura en tinta para la escuela nocturna.

"Es muy lejos venir aquí. No quiero venir, ya no quiero ir al cole tampoco, la profe no me entiende lo que escribo en Braille, sí o sí enemos que venir aquí. Ella (profesora) quiere leer con sus ojos, no quiere que yo se lo lea pues", dice Rosa, abandonando por un momento la escritura con su regleta y punzón.

APRECIA no tiene primaria y secundaria, está diseñada para atender por programas: independencia personal e independencia social, además de un apoyo escolar a estudiantes de todos los niveles, incluido el universitario.

Cuando el dueño del local donde funcionaba APRECIA decidió vender su propiedad en mitad de la gestión escolar, los maestros, estudiantes y madres de familia salieron a protestar frente a la Alcaldía, pero no tuvieron otra opción que agarrar sus pertrechos y buscar otro “establecimiento”.

Después de las protestas, el alcalde Luis Revilla visitó la escuela para comprometerse a un proyecto de grandes magnitudes. Inmediatamente sus subalternos alquilaron la planta baja de una casona cerca del mercado Rodríguez donde improvisaron aulas y habilitaron una casucha enclenque para los estudiantes y participantes.

Así que Rosa está obligada a atravesar casi a diario el caótico centro de la ciudad para llegar a APRECIA, del brazo de sus compañeras de internado y de estudios, ciegas como ella, hacer tareas y recibir el apoyo de los maestros.

La profesora Adela Machaca es una de tres maestros de apoyo educativo, lo que implica transcribir en tinta las tareas y prácticas escritas en Braille por estudiantes de primaria y secundaria, de nivel técnico y superior, así como reforzar su educación formal.

“La atención es individualizada, (pero) el tiempo no nos alcanza para transcribir toda la tarea para que la profesora pueda ver”, dice Machaca. Otro trabajo de los maestros de apoyo es convertir textos universitarios en audiolibros, con ayuda de programas informáticos piratas.

El problema para la profesora Machaca se agrava cuando cinco o seis estudiantes deben trabajar en una habitación de 2x3 metros con ella o en una casucha con techo de calamina, que en tiempo de lluvias hace imposible la concentración, por el ruido y las goteras.

Sin infraestructura propia

En el municipio se dice que el director de la Unidad de Educación de la Alcaldía de La Paz, Carlos Sotomayor, maneja una cartera de proyectos para los centros de educación especial. Él prefiere derivar esa explicación a uno de sus subalternos, pero el designado Yecid Coyo, técnico de la Unidad de Gestión Educativa y Servicios Pedagógicos, se excusa porque simplemente no tiene esos datos.

Sotomayor también es esquivo con los directores de APRECIA y del Centro “Huascar Cajías”, quienes han ido varias veces a esperarlo a su oficina sin éxito. Los directores dicen lo mismo que Coyo: el municipio está en proceso de identificar un terreno y luego, tal vez el próximo año, hará una proyección para una infraestructura que aglutine a todos los centros actualmente dispersos por la ciudad.

Lo seguro es que el proyecto de un “centro de formación para personas con capacidades diferenciadas” está en el largo plazo del Plan Integral La Paz 2040, dicen el funcionario municipal.

Eso implica que el próximo año los estudiantes y participantes de estos centros continuarán tratando de educarse en habitaciones improvisadas, aulas estrechas sin iluminación ni ventilación, maestras sobresaturadas de labores y la amenaza permanente de un dueño de casa que tenga mejores planes para su propiedad.

Y si el municipio no responde en materia de infraestructura, ¿cómo les va con el Ministerio de Educación? El director de APRECIA, Eduardo Huallpara, dice: “Tenemos 22 años de servicio y no tenemos portero. Se ríen las autoridades, cada año me hacen llenar formularios de priorización de ítems…, solicito profe de música, profe de educación física y portero, ¡y no hay!”.

La situación es idéntica en el Centro “Huascar Cajías” donde han “solucionado” ese problema con la incorporación de un maestro de educación física jubilado que hace un voluntariado.

Haga clic en el centro de educación especial para ver sus características

La falta de maestros o, visto de otra forma, la saturación de alumnado en la escuela pública es otra razón para rechazar a los estudiantes con discapacidad. “En la escuela pública entran 40 (niños) por curso, cada niño con discapacidad vale por 5 (sin discapacidad). Si mi hija entra, cuatro niños no entran. (Nos dicen que) no podemos quitar el espacio a otros niños”, dice Maricruz, una madre que lleva a su hija de 8 años al “Huascar Cajías”.

Las madres no saben de dónde salió esa medida de 5 por 1. Lo cierto es que los "Lineamientos curriculares y metodológicos de educación inclusiva", del Ministerio de Educación, dicen que debe haber “hasta un máximo de 5 estudiantes por un maestro de apoyo en el nivel inicial y hasta por lo menos el tercer grado de primaria”. Para la secundaria o educación superior la medida es de 8 estudiantes.

Pero pocos son los estudiantes con discapacidad que llegan a la secundaria. En 2012, el Ministerio de Educación verificó que un 1,9 % avanzó a ese nivel.

Rosa está en esa disyuntiva. El tiempo y las distancias son determinantes para ella. Por ahora se apoya en el bono anual para personas no videntes, pero ha dejado a sus tres hermanos menores en Viacha, sin custodia, mientras estudia en La Paz de lunes a viernes. Nancy y Genoveva, sus compañeras en el internado Santa Cecilia y de estudios, son menos pesimistas porque quieren seguir estudiando, pero de ninguna manera se subirán a un minibús para acercarse siquiera a APRECIA porque temen perderse en la ciudad si el chofer olvida, como suele suceder, anunciarles la llegada a su destino.

Huascar Cajías, en aulas alquiladas

"Ya, tráigalo, pero su hijo va a ser un mueble más en nuestra escuela."

La puñalada salió de los labios de la directora hacia Jazmín para desalentarla a matricular a su pequeño de 6 años, sordo, en la escuela regular. Pero ella no se acobardó, ni con esas palabras ni con el rechazo en cada escuela fiscal y particular que encontró caminando desde Villa Fátima hasta el centro de la ciudad.

La norma dice que una persona matriculada en una escuela especial puede estar inscrita simultáneamente, "con el mismo número de registro", en una unidad educativa regular o en un centro de educación alternativa para adultos.

Esa fue la intención de Jazmín, una vez inscrito su pequeño en el Centro de Educación Especial “Huáscar Cajías”, especializado en enseñanza de sordos. Ante la negativa del sistema público, el pequeño Miroslav está ahora matriculado, en otro turno, en una escuela particular en Obrajes donde fue admitido e incluido por sus compañeritos, maestras y padres de familia.

El “Huascar Cajías” funciona en una antigua casona de gruesas paredes de adobe en pleno centro de la ciudad. Las antiguas habitaciones construidas alrededor del patio se usan ahora como aulas aunque son pequeñas, oscuras, frías, sin iluminación ni ventilación.

Es septiembre, pero madres y maestras están preocupadas por saber en qué espacio funcionará la escuela el próximo año. El traslado a un punto alejado del centro puede significar deserción escolar porque muchos niños y sus padres acuden incluso desde El Alto a la única escuela fiscal para sordos que enseña el plan de estudios regular.

“La alcaldía nos dio una infraestructura propia pero era arriba, en la (calle) Diego de Peralta… El taxi me costaba 20 pesos, nos han engañado los taxis, teníamos que subir en micro, y en micro yo, desde el estadio al colegio, tardaba una hora a una hora y cuarto”, dice Maricruz, que tiene a su hija de 8 años en la escuela.

Si a ese gasto se suman las sesiones de fisioterapia, fonoaudiología, psicomotricidad y otras que necesitan muchos niños, llegar a la escuela cada día puede restar un monto alto al presupuesto familiar.

Maricruz mantuvo a su hijita durante el jardín de niños y el primero de primaria en la escuela regular, donde acudía con una intérprete de lengua de señas pagada por ella. Pero no fue posible continuar ahí principalmente por los prejuicios de los otros padres.

─No vas a hablar con ella─, dijo un padre a su hijo delante de Maricruz.

─Por qué no permite a su hijo hablar con mi hija.

─No, es que mi hijo va a aprender señas y ya no va a querer hablar.

El discurso de la inclusión de estudiantes con discapacidad en la escuela pública parece difícil de llevar a la práctica. Pero no es algo imposible, dice Jazmín, que en el colegio particular de Obrajes ha encontrado una profesora que maneja lengua de señas, compañeros de su hijo que están aprendiendo a usarla y hasta padres de familia que intentan interactuar en ese código.

En el “Huascar Cajías” las niñas y niños aprenden primero la lengua de señas, su sintaxis y su gramática. El castellano es una segunda lengua que se enseña no sin dificultades.

“Ellos escriben las letras sueltas, palabras sueltas, pero todos los sordos, todos los que he conocido, tienen problemas en la escritura –dicen Maricruz. Por ejemplo si le dicto (a mi hija) 'mi mamá me ama', le voy a decir (en señas) mi mamá ama, no hay el ‘me’ (verbo reflexivo), no usan artículos, cuando escriben tienen dificultad y cuando interpretan tienen mayor dificultad”.

¿Qué pasará cuando tengan que ir a la universidad? Esa pregunta no es la preocupación de las madres todavía, además el “Huascar Cajías” tiene dos maestros normalistas sordos que son un referente de que se puede avanzar hasta la educación superior.

Por ahora basta con ver a los niños felices, integrados y recibiendo educación como cualquier niño de su edad. Jazmín ha soportado dos operaciones al corazón de su hijito de 6 años, así que cuando él le dice con sus manitos que quiere ser chef, ella se proyecta feliz como su soporte para que pueda lograrlo.

APRECIA, ¿deserciones de estudiantes?

El mapa de Google dice que entre los barrios de Senkata en El Alto y San Pedro en La Paz hay 17 kilómetros, Natividad Condori hace ese trayecto cada día, de ida y vuelta, con su hijo de 7 años. El niño ingresa a las improvisadas aulas de APRECIA y ella se sienta en el patio, a veces sola a veces junto a otras madres, sacando de a poco hojas de coca para acullicar en la espera.

Hasta esa casa cercana al mercado Rodríguez tuvieron que trasladarse en julio al ser desalojados por el dueño del otro local. El municipio consiguió algunas habitaciones en la casona de San Pedro y habilitó una casucha con techo de calamina en el patio para atender a los estudiantes adolescentes y mayores de edad.

Adela Machaca, maestra de APRECIA desde 2012, dice que cuando llegaron a la casa de la Rodríguez no había sockets para los focos. La Alcaldía no compra ese material porque es una casa alquilada y se supone que debe estar equipada. Solución: los maestros y madres tuvieron que poner una cuota, y también sacaron de sus bolsillos para sostener la alimentación de sus estudiantes en los publicitados y totalmente auspiciados juegos especiales plurinacionales.

Natividad está acostumbrada a esa precariedad porque ha llevado a su pequeño desde bebé a APRECIA, primero buscando rehabilitación y ahora educación. Así que hacer tareas de portera por turnos, ante la falta de ese funcionario/a, no es algo ajeno.

Silvia Apaza dice sin reparar en el filo de sus palabras pausadas y suaves: "Hasta para los perritos ha hecho un buen lugar (el Alcalde), para los animalitos, y para ellos (estudiantes ciegos) no tiene". La comparación con la recién inaugurada Casa de la Mascota interpela.

Hace dos años que Silvia lleva a su pequeña Aylín a APRECIA. En este tiempo la nena ha aprendido a caminar, a socializar, a dejar el pañal, pinta y ejercita su motricidad, y pronto comenzará a utilizar el bastón. Si todo sale bien, el próximo año irá al prekínder en la escuela regular y eso entusiasma a su madre.

Pero a diferencia de Silvia, sea por el cambio de lugar o por falta de resultados educativos, algunos padres de niños y adolescentes en edad escolar han dejado de llevar a sus hijos a APRECIA. Esa queja sale en una reunión en el patio. “Por qué creen que no traigo a mi hija desde abril”, dice el único hombre participante en la reunión, sin esperar ni dar la respuesta.

Como muchas madres, Natividad acudió a APRECIA desde que su hijito tenía apenas meses de nacido. La noticia acerca de la ceguera del pequeño y, años después, de la sordera fueron golpes demasiado fuertes. Madre e hijo afrontaron los problemas uno por uno, primero la operación de un ojo que ahora, ayudado por un espejuelo de alta dioptría, permite al pequeño pintar y hacer trazos imitando la escritura. Luego la compra de audífonos que ayuda al pequeño con su 80 % de sordera y que, al permitirle escuchar, le ha permitido hablar.

Ahora a sus 7 años, le corresponde el segundo de primaria, pero todavía no sabe leer ni escribir, ni en Braille ni en castellano.

¿En qué momento aprenden a leer y escribir? “No sabemos. Todavía no está (listo, dicen). Con eso se nos calla. Yo quiero reforzar la lectura y la suma para mi hijo”, responde Natividad, con la certeza de que esas son herramientas básicas para la vida.

APRECIA tiene una enseñanza por programas en los que se enseña en distintos módulos a los estudiantes a desplazarse físicamente en el espacio privado y público, el otro servicio que ofrece es el apoyo pedagógico para estudiantes de secundaria o de nivel superior que necesiten ayuda.

A Nancy, Genoveva y Rosa solo les desalienta llegar hasta la Rodríguez porque tienen que atravesar todo el caótico centro de la ciudad, que a veces significa bloqueos, marchas de protesta y trancaderas. Las tres son mayores de 20 años y cursan juntas la educación alternativa (para adultos) cerca de su internado por la plaza Murillo, así que su viaje diario a APRECIA es principalmente para recibir apoyo pedagógico y para hacer tareas.

Las jóvenes hacen sus tareas usando su regleta y punzón para escribir en Braille, y la profesora Adela Machaca escribe en castellano e imprime la tarea que será presentada a la maestra de educación alternativa.

La permanencia diaria por largas horas en APRECIA hace que las madres se conozcan y se tengan confianza. Al mediodía, varias de ellas dejan la escuela juntas, engarzadas por los brazos, con sus hijos y entre ellas, en un grupo compacto. Al día siguiente se volverán a encontrar.

IDAI: dos o tres maestras compartiendo un aula

Hace 17 años que Ana María lleva a su hija al Instituto Departamental de Adaptación Infantil (IDAI), permanece toda la mañana en el patio o la dirección de la unidad educativa mientras María Gisela aprende en el taller y al mediodía retornan juntas a su casa.

Así, por 17 años, desde que María Gisela tenía tres meses. Le diagnosticaron discapacidad intelectual moderada, comenzó terapia y luego su mamá la matriculó en la escuela del IDAI.

¿Sabe leer y escribir, ha logrado ser independiente? "Ahurita ella no sabe leer, no comprende, está en repostería aprendiendo a hacer galletitas, queques, este año le ha ido bien, pero después los demás años, no. Lo que se necesita es profesoras profesionales o con estudios para atender a niños con discapacidad", dice Ana María.

La adolescente tampoco puede trasladarse sola de un punto a otro de la ciudad. “Tengo miedo porque alguna vez que le he querido mandar sola, no le han escuchado en el minibús cuando ella ha dicho 'quiero bajar', le pueden hacer pasar, se puede perder, con ese motivo yo con ella vengo y voy. Aquí en la escuela se defiende, pero afuera no”, dice Ana María.

El IDAI no es una escuela regular, aplica el programa de independencia personal y el programa de independencia social para los estudiantes, lo que se traduce en ejercitarlos en tareas domésticas (vestirse, asearse, socialización, etc.) y en espacios públicos. Algunos son llevados por sus madres a diario a la escuela y otros están, abandonados por sus padres, internos en el Centro de Acogida para Personas con Discapacidad Intelectual, Psíquico y Múltiple que funciona en el mismo edificio.

Para muchas madres ya es un logro que su hijo aprenda a hablar, frente a ese panorama el lenguaje escrito, las matemáticas, las ciencias sociales y naturales son materias que pueden esperar.

Susana (nombre cambiado), por ejemplo, vio a su hijo cursar con normalidad el jardín de niños pero cuando quiso inscribirlo en primaria recibió el rechazo del sistema educativo.

“Como no habla, me han dicho que busque ayuda, que puede ser sordo, que esto, que el otro. Le he hecho los exámenes –dice Susana… Tiene autismo leve. Fui a colegios particulares y fiscales, donde me dijeron que no lo iban a recibir, que iba a botar mi dinero insulsamente, que iba a necesitar tutora y lamentablemente pagar a una tutora es un sueldo nomás, más con las terapias”.

El IDAI tiene solamente un curso para personas autistas graves y moderados, así que el consejo fue incluir al pequeño con autismo leve en el curso para personas con Síndrome de Down. En los dos años en el IDAI, el hijo de Susana ha comenzado a hablar, sabe contar, lee el abecedario, repite canciones y ejercita tareas con ella en casa.

Esos avances entusiasman, así que Susana intentará nuevamente inscribir a su pequeño en la escuela regular el próximo año. En las mañanas de espera en el patio del IDAI, entre charlas con otras madres y hojear catálogos, se ha enterado de una unidad educativa fiscal en Tembladerani, de otra en Miraflores y de otra particular más en San Miguel. Aunque dos de esas opciones son privadas, ella dice que vale la pena pagar si su pequeño va a recibir educación de calidad.

En esa tarea están abocados los maestros en el IDAI, aunque las condiciones les sean adversas. Irgmar Wender es la maestra de niñas con autismo grave y moderado, está con seis de ellas en un aula que comparte con el profesor Nilton Castro que trabaja con los varones.

Mirando a los dos jóvenes mayores de 20 años, Castro explica: “Yo trabajo con cinco, los otros tres vienen por turnos, si los convoco a todos puede haber problemas en el aula, hay un chico que se manipula los genitales, no quiero que se mezcle con el otro chico que no lo hace porque puede imitar conductas”.

Lo normal en el IDAI es tener un aula compartida entre dos maestras, cada una con sus respectivos estudiantes y en una tarea difícil de evitar su desconcentración. Las profesoras Victoria Ochoa y Gueisha Gutiérrez tienen ese reto cada día, trabajan en darles la autonomía individual, memoria, imitación, seguimiento de instrucciones, pero aun así es difícil si en un grupo está un niño con discapacidad intelectual al lado de otro con autismo.

“Para cada niño es distinto el material. Los padres no lo proporcionan por más que se los pida. Los textos que entrega la Alcaldía no están adecuados a los niños. En la mochila escolar nos han dado el texto para la escuela regular. Para estos niños debe ser diferente”, dice Gutiérrez.

En el taller la situación no es distinta. En un solo salón, la carpintería se reduce a una mesa grande donde se trabaja con diversos materiales, las máquinas de coser están contra la pared en el taller de costura y el taller de artesanía ocupa casi la mitad del salón en una especie de depósito de materiales.

María Gisela cumple 18 años en noviembre, el 2018 será su último año en el IDAI. “Después pienso llevarle a otro lado donde pueda aprender algo más para que se pueda defender en la vida –dice su madre… Con una buena enseñanza en talleres, pueden graduarse en repostería con sus cartoncitos que el Ministerio de Educación les otorgue para trabajar de ayudante de panadería, pero si solo van a aprender y no van a ser nada (titulados), quién les va a contratar a ellos”.

La directora del IDAI, Janeth Jemio, admite que a pesar de medio siglo de funcionamiento la experiencia en educación técnica es reciente: “Así, con la formalidad que requiere un estudiante para decir ‘sí, él está apto para poder insertarse laboralmente’, estamos en ese plan con lo de costura, hay un estudiante que lo está haciendo bien, está cosiendo chalecos, pijamas, le estamos ejercitando en costura recta, primero hay que empezar por lo básico”.

Como presidenta de la junta escolar, Ana María se ve en la obligación de hablar de la falta de infraestructura y materiales pedagógicos, su experiencia con la educación de María Gisela no es precisamente exitosa: “La gente hace lo posible para traer a su hijito para que aprenda poquito, porque no van a aprender grandes cosas, aprenden poco a poco y lento”.

ABOPANE, alojados en la junta de vecinos 

La profesora Eliana Candia asume actualmente el interinato de la dirección del centro de educación especial ABOPANE, inicialmente creado en 1983 para personas con Síndrome de Down, ahora atiende a personas autistas y con discapacidad intelectual.

Los 35 estudiantes y los cinco profesores ocupan la mitad del primer piso de la sede de la Junta de Vecinos de Alto Obrajes, en la planta baja funciona una biblioteca municipal y atrás una cancha que están impedidos de utilizar. ABOPANE está en permanente demanda de espacio ante el cura y las religiosas de la Parroquia Divino Maestro, quienes se oponen a ceder la otra parte del piso al centro educativo.

"No sé cuál será la situación de la Iglesia Católica respecto a este tipo de infraestructuras pero ellos son los primeros en negarnos (espacios) incluso sabiendo que ésta no es propiedad de la iglesia", dice Candia, mientras desde la cancha techada, dada en alquiler a una escuela de baloncesto, se escucha la voz de mando del instructor en plena faena.

Un aula grande y tres talleres pequeñísimos forman la infraestructura de ABOPANE, donde se enfatiza en la educación técnica-productiva. El municipio les ha dotado recientemente de equipos, pero el taller de carpintería es tan pequeño que algunos estudiantes deben permanecer sentados o parados mientras el profesor hace demostraciones y alienta al trabajo manual.

Los resultados destacados por Eliana Candia no son precisamente en destrezas técnicas en áreas productivas. El ejemplo destacado es un convenio con La Estrella para vender dulces. “Ellos iban a todos los partidos oficiales en el estadio y hacían la venta de esto (dulces), de ahí se ganaban una comisión. O sea nosotros directamente trabajábamos con el empleador, todo esto se hacía bajo un manejo bien riguroso de que se le está pagando y respetando su horario de trabajo que son 4 horas”, dice la maestra y directora interina.

Un mesero en un restaurante de comida rápida y una encargada de la limpieza son otros dos ejemplos de personas con discapacidad intelectual leve que han sido promovidos para salir a trabajar. ¿Por qué solo se piensa en oficios básicos para ellos? Candia admite que la sociedad no está preparada para mirar a las personas con discapacidad como iguales. “He sabido de un estudiante de Bibliotecología con discapacidad leve, pero eso es con la extraordinaria ayuda de su mamá”, dice.

Precisamente son las madres las que han donado la totalidad de materiales de trabajo y mobiliario con que cuenta ABOPANE, y durante los primeros años sostuvieron el pago de las profesoras. Las maestras a su vez hicieron su parte convirtiendo muchos de esos materiales en herramientas didácticas.

Candia dice que, “según el “compendio azul del Ministerio de Educación, una persona con Síndrome de Down o discapacidad intelectual grave o autismo tendría que tener una maestra”. ABOPANE tiene diez participantes con discapacidad intelectual grave, pero solo cinco maestros para todo su estudiantado, ninguno de ellos está incluido en la educación regular.

El municipio solo ha respondido a ABOPANE con promesas de construcción de un “megaproyecto”, que tampoco se sabe dónde estará, cuándo se construirá y cómo se financiará.

Sin espacios para funcionar, los cerca de 700 mil Bolivianos que la alcaldía dice que destina a equipamiento (hornos, máquinas de costura, etc.) para los centros de educación especial no tienen mucho sentido.

La escuela para sordos Erick Bulter

A diferencia de otros centros de educación especial, en la escuela Erick Bulter no hay madres esperando a los estudiantes, su gran jardín pleno de árboles y sol, al igual que su cancha, están vacíos la mayor parte del tiempo y sus estudiantes también son distintos, la mayoría de ellos adultos mayores.

Siete maestras, una secretaria y una directora están a cargo de la escuela Erick Bulter en Obrajes, en una edificación colindante pero separada del IDAI. Aunque dice escuela para sordos, los estudiantes son además personas con discapacidad intelectual que no han desarrollado el habla y son internos en ese centro.

La directora Silvia Chacón trabaja desde 2013: "Contamos con 39 estudiantes matriculados, están inscritos 45, pero los que asisten regularmente son 39… Tenemos muy buena infraestructura, gozamos de cancha con césped, jardines, aulas independientes, las profesoras mantienen todo su material bajo llave y no hay otros turnos que vengan y lo arruinen".

Los adultos matriculados también están uniformados a la usanza de los niños de primaria y reciben con puntualidad su desayuno escolar, la mochila escolar, el bono Juancito Pinto, etc. El espacio está cedido por el SEDEGES a la escuela, pero eso no ha significado inconvenientes para las actividades educativas, según la directora.

¿Hay estudiantes incluidos en la educación regular? La respuesta es no. Chacón afirma que ningún estudiante sale de la escuela porque “es mucha burocracia con el SEDEGES, tendrían que haber hecho un trámite desde las autoridades superiores, en cambio cuando son externos y piden hacer inclusión es rápido el trámite”.

Sin madres para conocer su percepción ni estudiantes para conversar, es difícil saber sus percepciones sobre la educación recibida o la infraestructura dotada.

Aunque a simple vista no se puede ver a ningún niño o niña, la Directora dice que los estudiantes ingresan a los 10 o 12 años de edad. A diferencia del “Huascar Cajías”, tampoco es evidente que las maestras y los estudiantes utilicen lengua de señas para comunicarse entre sí.

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